jueves, 14 de mayo de 2015

Bitácora Urbana de los Hombres-mosca

Temístocles Pacheco y la ciudad
tenían eso en común, ambos habían despertado una mañana
convertidos en otra cosa, en otra cosa invertebrada.
Las Kuitas del Hombre-mosca
Eduardo Liendo

Es Caracas, 6 pm:
Hay una larga espina en todas las miradas
Hora Pico
La gran ciudad es una ópera descosida
La Gran Ciudad
Leonardo Padrón

Yo sentía las trabas y los herrojos de una vida impedida.
El fantasma de una mujer, imagen de la amargura,
me seguía con sus pasos infalibles de sonámbula
La Ciudad
José Antonio Ramos Sucre.
1. Etimología de la muska
Toda ciudad, por inmensa e imposible, o por minúscula y deshabitada que sea, alberga a algunos especímenes (ni tan especiales ni tan corrientes),  denominados por quién sabe qué  niño de pre kínder,  ebrio, lunático o escritor, como hombres-moscas. Dicen, los pocos que saben de su existencia, que habitan la belleza y la peste, lo sublime y la mierda, sin distinción alguna.

Según el venezolano Eduardo Liendo, uno de los más importantes recopiladores de las peculiaridades de dicha estirpe, son estos hombres-mosca los grandes testigos de la experiencia humana. En ¨Las Kuitas del Hombre-mosca¨ (Liendo, 2005), obra fundamental de la hombremoscografía, se relata la historia de Temístocles Pacheco, un ejemplar de esta especie que habitó (o habita, quién sabe) las calles de una Karacas con K de ciudad sórdida, donde más vale estar mosca siempre y tomarse con poesía los días y las noches. Nos muestra Liendo en su recopilación moscosa, una verdad que en este trabajo se intentará secundar y ampliar (no porque sea La Verdad, sino porque su formulación ayuda a explicar hechos y obras que muy pocos estudiosos han sabido asir con buen tino): Todo poeta es un hombre-mosca, y como tal, habita las ciudades como testigo y gran preservador de la hazaña humana, del día a día de esa gran peripecia que es estar en el mundo sin casi ninguna certeza de nada. Puede también que ese carácter de testigo le lleve a habitar, no solo la ciudad como temática y problemática, sino también todos los rincones de la idea humana y de su existencia.

Para iniciar nuestro análisis, hay que rescatar de la recopilación de Liendo, algunas características del hombre-mosca común, que están presentes en todas las clases de esta especie. En primer lugar, nos dice el autor, que estos individuos tienen sus raíces en la estirpe de los errabundos, haciéndolos aptos para resistir todas las calamidades. La curiosidad errante de los poetas, que abraza desde lo mínimo hasta lo máximo, los hace perseguir cualquier cosa que llame su atención. Así como las moscas habitan todos los rincones, los poetas usan el ojo cercenado que intenta ver más allá, para poder nombrar lo que con las convenciones no se puede.

Poseen además ¨el más refinado de los gustos¨ que admite aquí la asquerosidad como un modo “extraño” de refinamiento. Su naturaleza híbrida los ¨hará degustar como nadie de platos exquisitos, exclusivos y exóticos; pero la mierda no les será ajena¨ (Liendo, 2005). La sensibilidad poética comprende que tanto el residuo como el melocotón, tienen una carga expresiva única, explotable. Además, las convenciones estéticas, lo saben los poetas y las moscas, son necias y arbitrarias, y tienen como único objetivo el poner barreras donde hay un desierto sin límites llamado expresión. No solo pudiésemos referirnos a la expresión, sino también a las temáticas y problemáticas que desarrolla la poesía. Hay un mundo debajo del mundo, un centavo perdido en las rendijas del sofá, algo inútil a los ojos de lo convencional que merece ser nombrado y “vuelto a la vida”. El óxido del mundo, la pobre pestaña perdida, el perro cojo y ciego que vigila la noche; todos son objetivos de la poderosa vista moscosa, que pretende darle un lugar a lo no grandioso en el universo de lo sensible.

Tal vez la analogía que se plantea en este trabajo es fácil de ver con poemas referidos a la ciudad, como en los que se basará nuestro análisis posterior. Pero entonces ¿por qué generalizar a todos los poetas? ¿No está Borges hablando de la circularidad del río del tiempo? ¿No están también, de un joven Neruda, 20 poemas de amor y una canción desesperada? Si todos los poetas son hombres-mosca ¿qué hay de los poetas que deciden deshacerse del mundo, para habitar las profundidades de lo inmaterial, más que las calles, las oficinas y lo urbano? Creo que la respuesta está en la misma característica que menciona Liendo sobre la curiosidad de los mosca-sapiens. Esa curiosidad que no solo los empuja hacia las grietas de la ciudad, sino también a las que deja la existencia humana.

Los hombres-mosca no rehúyen de las grandes dudas universales pues, como hemos afirmado antes, pueden habitar tanto lo sublime como lo mugroso, tanto la duda y el vértigo, como la certeza que tenga forma de ladrillo o de estornudo. Y sí, las moscas saben que un estornudo es una certeza irrefutable, un vendaval que arranca las máscaras. Las clases de hombres-mosca que buscamos comparar aquí, no se diferencian por las temáticas que trabajan. Más bien es por la sensibilidad con la que atraviesan ya sea la ciudad, como será el caso de nuestro análisis, o bien el amor, la soledad, la inhumanidad, el cuerpo, el tiempo, etc. Sobre cualquier estrella o alpargata se puede posar una mosca.

Se diferencian nuestros hombres mosca por la manera como exponen sus emociones y reacciones ante su entorno. Escogí los poemas que se contrastarán más adelante, pues considero que en ellos se puede apreciar de forma más nítida aquello que se pretende con este trabajo, pero bien pudiéramos tomar, por ejemplo, la reacción de un Borges ante el río del tiempo en su “Arte Poética” (Borges, 1974), en contraste con la propuesta de  Huidobro de construir un “poco de infinito para el hombre”, en su “Contacto externo”. Se intenta en este ensayo descifrar cuál piel tiene cada poeta, en este caso ante la ciudad, pero pudo haber sido ante cualquier otra problemática.

2. Clasificación de la muska
No existe un solo tipo de hombre-mosca y la poesía pone en escena diferentes tipos de moscosidad. A continuación, analizaremos tres “subespecies”, distinguidas por la manera como su sensibilidad moscosa se expone a la intemperie de lo urbano, de lo cotidiano (y si nos extendemos, de lo real). Hablaremos entonces de una mosca desnuda, una mosca vagabunda y una mosca obrera.


2.l  Muska Enkueris o Mosca Desnuda
Esta categoría engloba a aquellos especímenes que sobrevuelan las calles con sus acrobacias imposibles de metáforas y símiles, impregnándose del ruido y el vapor agrio que emana la vida urbana, dejándose invadir por la peste y el perfume. En estos casos se podría decir que es muy difícil saber dónde está el límite entre la mosca y la ciudad. Un individuo que propongo como ejemplo de esta subespecie se puede encontrar en el yo poético del poema Walking Arround, del chileno Pablo Neruda (Neruda, 2010).   

 Caminan, rondan, merodean las esquinas y avenidas de las ciudades, mezclándose con el vaho de las avenidas indetenibles y desentendidas. En Walking Around, escrito en 1933 y publicado en el poemario Residencia en la tierra de 1935, el yo poético al que me refiero nos da un buen testimonio de la existencia de esta clase de hombres-mosca. Son estos, seres extremadamente porosos, cuya sutil sensibilidad se plasma en los poemas de manera muy explícita, mediante la puesta en el papel de anhelos, inconformidades, odios, repugnancias, hastíos, sueños... Las emociones que despiertan en ellos las grietas de la ciudad, son referidas en sus obras de forma evidente.

Están “desnudos” porque no parece haber algo que los cubra de la intemperie de lo real: todo los invade, provocando en ellos una digestión del afuera que salta al papel como un estornudo sensible.
En Walking Around, el yo poético describe el contexto urbano a través de un hastío que podríamos calificar de existencial. Un hastío que entra por la nariz, por la piel, por los pies y hasta por las uñas. Un hastío que luego deviene en unas deliciosas ganas de jugar con todo aquello que impone el gris y la norma en ese ambiente hostigador. Hay un repudio del estado vegetal que establece la rutina, una sensación de asco ante la obligación de recorrer ese entorno semejante a un duodeno gigante. La mosca-sapiens de este poema, vuela a través de la trampa urbana con ganas de dejar de ser sapiens, y volverse meramente mosca.

“Sucede que me canso de mis pies y mis uñas,
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre”
(Neruda, 2010)

En ese hastío, sus sentidos moscoso perciben las gotas de llanto sucio de las camisas, casi como si fuesen propias esas lágrimas marrones y negras. La ciudad está dentro de la piel del hombre-mosca. El olor de las peluquerías enciende un grito dentro del estómago.

“Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío”
(Neruda, 2010)
           
El yo poético que camina con calma las calles de grieta, anda emocionalmente a piel desnuda, en carne viva. Por eso incendia el lunes, la rutina, el hacer por hacer. A través de una descripción surrealista de la ciudad, se hace referencia a un reflejo del caminar interior y sensible del yo. Una digestión (o indigestión) muy profunda y desesperada del afuera, que germina esas enormes ganas de salir volando.

Anatómicamente, podemos afirmar que esta subespecie ha desarrollado de una manera un tanto más aguda que el resto, los sentidos del gusto y del olfato. Estos sentidos implican una ingestión de lo que nos es externo, y para estos individuos invadidos por el afuera, se vuelve fundamental para realizar su “digestión sensible”. En las obras teñidas con este tipo de sensibilidad moscosa, se puede evidenciar la presencia del grito, de lo visceral, de lo que viene del fondo de los huesos.


2.2 Muska Errabundis o Mosca Clochard  
También están los hombres-mosca vestidos de clochard: aquellos que permanecen sentados encima de los faroles de la calle, o con aire distraído en algún banco de la ciudad. Su contacto con la urbe es más, por decirlo de algún modo, de la piel para afuera. Sus ojos moscosos escrutan cada rincón de la ciudad y de sus habitantes, mas su sensibilidad solo es empleada para describir el entorno y no para describir lo que sucede dentro de su pecho hombre-moscoso. Un buen ejemplo de la existencia de esta clase de individuos es el poema del escritor argentino Oliverio Girondo, Calle de las Sierpes, escrito en 1923 y recogido en el libro Calcomanías de 1925. Estos ejemplares, recorren las calles, paladeándolas con sus enormes ojos moscosos, pero sin dejar que la ciudad los invada del todo. Emocionalmente, quedan fuera de su propia descripción poética.

En la Calle de las Sierpes, un hombre-mosca camina vestido de clochard, con algún harapo que lo protege del mercurio externo, permitiéndole describir el afuera, sin arriesgar el estómago, como la subespecie que describimos antes. Esta mosca vagabunda observa a todos los protagonistas del desentendimiento urbano, que se mueven con cierta altanería entre anuncios y cafés. En el poema, no solo se destaca el sinsentido desproporcionado de las publicidades y las altisonancias de los parroquianos en los bares, también hay una búsqueda desesperada por algo de belleza, algo de juventud, algo de mujer.

“Una corriente de brazos y de espaldas
nos encauza
y nos hace desembocar
bajo los abanicos,
las pipas,
los anteojos enormes
colgados en medio de la calle;
únicos testimonios de una raza
desaparecida de gigantes.”
De: Calle de las Sierpes

Por eso el ojo del yo moscoso, cuenta con exactitud, en la última estrofa, la cantidad de hombres, soldados y curas que recorren la ciudad, buscando entre ellos a la única mujer: esa que surge como una especie de alivio después del afanado escrutinio aritmético de la ciudad y sus “deshabitantes”.  La vista, híper-desarrollada en esta subespecie más que cualquier otro sentido, le permite al yo poético hurgar en el símbolo cuantitativo de la intemperie urbana, y encontrar un poco de belleza lejana.

“Cada doscientos cuarenta y siete hombres,
trescientos doce curas
y doscientos noventa y tres soldados,
pasa una mujer.
A medida que nos aproximamos
las piedras se van dando mejor.”
De: Calle de las Sierpes

Este individuo, no tan permeable como el mosaca-sapiens de Neruda, recorre la ciudad sin incendiarse por dentro. Con una descripción menos emocional hacia su entorno, logra reconocer algo de belleza en aquel río que pretende abrazarlo. No hay, en el poema de Girondo, una referencia explícita que nos refleje las emociones y sensaciones del yo poético, como sí ocurre en el poema de Neruda.

De estos análisis es que podemos imaginarnos al yo que nos habla en el poema de Girondo, sentado en un banco de la calle observando y buscando algo que rompa con la pompa y con el tedio de esa corriente de brazos y espaldas (y ese algo, pudiéramos afirmar que es una mujer). En cambio, el yo que nos habla en el poema de Neruda, pudiéramos imaginarlo sintiendo y deseando huir gritando de ese contexto deforme que lo invade y le inunda todos los sentidos. Si se quiere, en el primer caso, se llega a una especie de sosiego cuando se encuentra el grano de belleza (la mujer) entre aquel costal de lentejas repetidas (los hombres necios, los curas, los soldados). En el segundo caso, solo hay un leve deseo, como suerte de retribución hilarante (“dar muerte a una monja con un golpe de oreja”) contra el mar de lágrimas sucias que navega el yo poético.

El poeta, cuya sensibilidad pudiera asemejarse a la de una mosca, por esa capacidad de percibir intensamente el entorno que lo rodea, sin prejuicios y sin clasificaciones necias, puede, tanto describir sus emociones y su reacción ante la ciudad que atrofia la sensibilidad y la vida, como referirse a la misma experiencia obviando el sentir del yo y haciendo referencias al espacio urbano y a sus dinámicas frenéticas, cuantitativas y entrópicas.

El personaje del hombre-mosca desarrollado por Liendo en su obra, engloba muy bien ese concepto moscoso del poeta (incluso, si nos extendemos, del artista en general). Quitando la característica de ser excepcional, casi rozando con un ¨superheroe kafkiano, no tan depresivo¨ (aunque superhéroe kafkiano sea un oxímoron), la definición de hombre-mosca que aquí empleamos prefiere resaltar la característica contemplativa del insecto. Una mosca que no tiene grandes dientes para moldear los huesos de la historia, pero si unos enormes ojos, un baboso y largo probóscide e infinidad de vellosidades sensibles a cualquier cambio del viento, que la hacen un testigo perfecto de todo cuanto sucede, tanto fuera como dentro de sí.

También, el personaje de Liendo, hace una jocosa y muy acertada observación (en mi opinión personal) de los riesgos que involucra la contemplación moscosa. El quedar atrapado dentro de una aspiradora, como en uno de los pasajes de la novela, es uno de los mayores riesgos de la contemplación absoluta. Esa aspiradora que puede ser símbolo de la locura y de los sótanos de la psique humana, donde no hay nada más que polvo y vacío. Ahí no hay creación.


2.3 Muska Laboreatis o Mosca Obrera
Queda sin embargo un vacío (juzgue el lector si más de un vacío) en este análisis: ¿No existen también ciertos especímenes que atraviesan la barrera de la contemplación y toman aquello que pertenece a la ciudad detrás de la ciudad, para engranarlo en un nuevo sistema utilitario? ¿No están aquellos que construyen en la poesía un universo para aquello que la convención define como inútil? Ese trabajo trasciende el oficio de testigo, y debe ser complementado con una voluntad de obrero. A esos especímenes los definimos como hombres-mosca obreros.

De estos raros individuos, podemos tomar como ejemplo el yo poético que nos habla del mundo debajo del mundo en el poemario “Cuartos de Alquiler” del venezolano Luis Enrique Belmonte (Belmonte, 2009). En los poemas de dicho libro, se abre un universo para que los rincones más olvidados y los objetos que el ojo sano pasa por alto, vuelvan a la vida y cobren un nuevo valor y dimensión.

“Si a usted no le gusta
cómo lo mira el pescado en la vitrina,
hable con el carnicero.
Si los antiácidos, los somníferos,
el cesto lleno de billetes de lotería,
hable, hable con el carnicero”
De Si no le gusta, hable con el carnicero.
(Belmonte, 2009)

Si bien es cierto que esta subespecie posee características de las otras subdivisiones que describimos antes, se diferencian de aquellas por su esfuerzo por poner en primer plano todo aquello que se haya fuera del gran discurso. Así, un billete de lotería, sin premio, multiplicado en un cesto, como hojas muertas que no irán a ningún lado, en el poema que mostramos antes adquiere una carga expresiva tan amplia, que pareciese que el mismo billete hubiera salido premiado en el sorteo de las ocho del domingo. Bajo la mirada moscosa, y con el oficio de estos especímenes, lo inútil cobra una nueva utilidad, como engranaje de una maquinaria expresiva nueva y singular. 

Como los hombres-mosca desnudos tienen el olfato y el gusto híperdesarrollados, y los Muska-Errabundis adquirieron con la evolución una visión certera y aguda, los hombres-mosca obreros poseen un singular sentido del tacto para la búsqueda casi subterránea de objetos convencionalmente sin sentido.

“Pero aquella mañana había que arrastrarse de alegría
sobre el suelo tibio, y pasearse muy orondo
con un canario tieso en el bolsillo,
y sacar a la calle los trozos de mantequilla congelada”
De: El fin de los malos días
(Belmonte, 2009) 

Como verdaderos alquimistas, saben que arriba es igual que abajo, y que lo mínimo y lo máximo son semejantes. Por ello, subrayan el poder del desecho, de lo ínfimo, abriendo dimensiones nuevas para la expresión.

3. Aleteo Final
La película Safety Last! de 1923 y protagonizada por Harold Lloyd, llegó al público hispanohablante con el nombre de El hombre mosca. En ella, el protagonista es obligado a realizar infinidad de maromas, tanto corporales como mentales, para poder sobrevivir a la gran ciudad donde pretende encontrar una vida próspera para compartirla con su prometida. La ciudad, no como aglomerado arquitectónico, sino como temática y como trama de nuestra obra teatral, pone a prueba la capacidad sensible de los que habitamos sus rendijas. Los hombres mosca que en este trabajo se intentan analizar, son ejemplos de cómo la ciudad, habitada con la sensibilidad adecuada, es un signo fecundo para la creación estética.

La poesía, como escenario, nos presenta las infinitas posibilidades de la expresión. La sensibilidad humana, que rescata del erial una aguja dorada, puede desmontar tanto la ciudad, como cualquier otra temática, y narrar la experiencia humana desde incontables puntos de vista. La gran metáfora que plantea este trabajo, quiere por encima de cualquier otra cosa, celebrar la sensibilidad humana, y las muy diversas maneras con las que se expresa.

Puede entonces que los poetas sean hombres-mosca, testigos del devenir humano y de sus problemas más banales o más profundos. Puede que hayan varios tipos de hombres mosca, unos más desnudos que otros. Todos, con la misma capacidad de sentir como ninguna otra especie, y escribir en el más humano de los registros sobre esa necesidad de los hombres de tocar con las palabras las entrañas de las cosas y de la experiencia. Si alguna vez, usted lector, se ha cansado de defender la sopa de su almuerzo de una infatigable mosca, comprenderá lo perseverante de esta especie. Así como los poetas se saben en una batalla perdida contra la realidad y son conscientes de los límites de la expresión para aprehender lo expresado, también las moscas saben que no se podrán comer todo el plato de sopa que usted defiende con tanto  empeño. Pero, lo saben las moscas y los poetas, bien vale el riesgo y el esfuerzo, por una probadita.



Referencias 
Belmonte, L. E. (2009). Pasadizo, Poesía reunida 1994-2006 (1era Edición ed.). Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Borges, J. L. (1974). Jorge Luis Borges, Obras Completas 1923-1972. Buenos Aires: Emecé Editores.

Brodsky, Joseph (2006). Menos que uno. Ensayos escogidos. Madrid: Siruela

Genovese, Alicia (2011). Leer poesía. Buenso Aires: F.C.E

Levertov, Denise (1979). El poeta y el mundo. Caracas: Monte Avila Editores

Liendo, E. (2005). Las kuitas del hombre mosca. Caracas: Otero Ediciones.

Neruda, P. (2010). Pablo Neruda, Antología General (Edición única ed.). Lima: Alfaguara y la Asociación de Academias de la Lengua Española.

Sucre, Guillermo (1975).  La máscara y la transparencia. México: F.C.E.

Yurkievich, Saúl (1971). Fundadores de la nueva poesía latinoamericana. Barcelona: Barral 



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