martes, 8 de octubre de 2013

Oficio Viento

Vine de lejos, en un viaje que dura todavía.
                Tuve todos los miedos y todos los martirios que pueden, antes de partir, desmoronar el temple. Pero, casi como una rebelión de cardenales en el pulmón de la niebla, ocurrió mi torrente. Desbordé por la costa y dejé que los caminos se vislumbraran solos. Yo mismo fui camino. Yo supe cómo llegar a una costa donde no se llega nunca, pero se añora su idea. Yo supe cómo…
                Entendí los antiguos escritos del crepúsculo en la espuma. Entendí lo de arriba y lo de abajo como unidad. Por eso navegué y navego, con un norte que no cabe en las brújulas. Por eso los templos y los laboratorios guardan uno que otro papel, una que otra piedra mía. Por eso navegué y navego tan profundo entre los dos labios azules que guardan el horizonte.

                Sé de un faro que me aguarda, que no veré nunca. Es la costa blanca y su faro alto, pendiendo de un antiguo risco que guarda la tierra de las olas corsarias del tiempo. Ahí me espera el latido de un pueblo sentado. Cien ventanas observando los barcos y el sudor a lo lejos. Cien ventanas conmovidas por la incesante huida de los azules y los naranjas, y de todos los cirros y nimbus que le dan con sus matices color al tiempo. Cien ventanas ajenas y tan invadidas; llenas de todo lo que observan… Tan ajenas.

“Nocturno” o “Ventana viceversa” o “Estudio #1 del contemplativo”


                Cada tarde, antes de partir, miraba por la ventana. Nunca supe exactamente qué veía. Quizá  echaba un ojo al tiempo, para prever un paraguas o una hoja de periódico en su defecto. Me parecía absurdo, pues la casa era lo suficientemente abierta como para presentir, sin mucho esfuerzo, si era un día gris. Igual, siempre miraba por la ventana antes de irse, quién sabe por qué.
                No puedo decir que lo convirtió en una rutina, pero sinceramente algo de obsesivo había en esa mirada tan extranjera… tan, me voy  de aquí sin irme de allá o viceversa. Lo cierto, y sin más, es que cada tarde, antes de partir miraba por la ventana.
                Luego se despetrificaba, y lo sentía como se iba, con sus pasos largos y asimétricos, enfilándose hacia la parada del autobús. Ahí,  asaltaba con su huida la unidad número 313, que terminaba su reptante recorrido en el Aeropuerto.
Ahí se fugaba.
Ahí, desmenuzaba libros durante varias noches a la semana (no todas), con la breve excusa de un ficticio trabajo de guardia nocturno. Digo ficticio, por el sueldo; además por una cuestión de actitud: No era el tipo de gente que sería capaz de abofetear a un contrabandista, aunque sí alguna vez le partió la nariz a un imbécil que no sabía decir bien su nombre en la salida de un cine. Era, disculpe usted lo brusco de mi aseveración, uno de esos tipos que sabía a la perfección como ‘ficcionar’ su vida. Cabe decir, que sólo emito este juicio tan severo pues, créame, conozco al tipo, y sé que de guardia nocturno sólo tiene las medias y los interiores (que son de gran relevancia, sabrá Ud.)
Pero, después de un tiempo, aprendí a entender de qué iba esta cuestión. Pude entender que había un hilo conductor que unía todos estos detalles que le menciono.
Era la ventana, los pasos, el autobús, el largo viaje, las horas interminables de frío y escondite entre la aduana y el café vacío a las tres de la mañana. Las maletas que sienten nauseas de tanto dar vueltas por las cintas, huérfanas de rescate, carrito de metal, hotel, destino. Un sitio, No, tal vez una emoción, que sólo escucha “De dónde eres?” seguido de un profundo “De aquí tampoco…”
Era distancia.
Esa manera con la que se disponía a leer sus libros tan complicados antes de hacer cada ronda. Ese esperar que salga la niña de los ojos marrones de la puerta de llegada internacional, que ya ni sabe cuánto tiempo tiene detrás de ella. Ese autobús a las 7 pm, que llega a un sitio donde llegar y partir son el mismo verbo. Luego el mismo autobús de regreso a las 7 am, cuando todo ‘descomienza’ en el mismo lugar.

Eso era lo que veía por la ventana. Él, haciéndose distancia. Una manera de fingir cuando la respiración se mide en kilómetros.

miércoles, 10 de julio de 2013

Poética: Palabra/Carne/Bestia

Qué más da? Sí, yo lo maté. Se lo merecía por imbecil... Y que amigo de mi mujer, cabrón. Jugando al tonto se quedó comiendo moscas en la maleta de ese Corsa sin ruedas de la calle ciega. Maldito, como pesaba. Pero lo metí sin peo... Mi mujer me dijo que no le hiciera nada, que era su pana. No joda, venirme a hablar a mi de caimanes en boca e' caño, cinco puñala'as y un pepazo en el culo, pa que no joda en el otro mundo. Me lo trajeron en la tarde, los bichos baratos que me dijeron por ahí donde juega la sombra. Dos palos a cada uno, y el mariquito era pa mi... Pero yo soy un caballero, les dije a los bichos que no lo majaran, que me lo trajeran completico. Cuando se despertó, le hablé claro: eres un cobarde de mierda, un hablador de huevonadas y un come mierda. A los carajos como tú hay que quitarle los huesos a coñazo. Ajá, ya te desaguevoniaste, parate pes. De caballeros aquí mismo. Nadie se meta, sólo el come mierda y yo... No me aguantó la pela, aunque me conectó uno en la costilla que me medio simbró. Pero qué va, nadie mueve los pies como yo. Me moví rápido, y le partí la nariz como en 50 pedazos, maldito, pa que no joda más. Cuando pidió cacao, le dije: viste que eres un mierda, viste que el varón soy yo, viste que no te tienes que meter a joder a los demás. Lástima que llegaste tarde a la clase maldito, te llegó la pelona y está arrecha... No me pelé: puñalada pa las tripas, puñalada pal cuello, puñalada pal corazón paque no jodiera más, puñalada pa que muera como Perro... Me dió ladilla el pocoe sangre. Menos mal que el sitio de la mierdera era una vaina lejos de toa vaina. Maldito, se lo merecia por estarse las dando de vivo, se las comió completas las mierdas que le decía a mi mujer, maldito se lo merecía... No me dejaba de joder en la cabeza, todas las mierdas que le decía, lleva puñalada pa que respete. Si, yo lo maté y qué? Me van a jodé por hace lo que hace un macho, me van a mete preso por coñoemadre: coñoemadre él que andaba jugando al amiguito, perro. Como los caníbales, se jodió, le tocó la ley de la selva... Mierda, lo maté. Y ahora, me toca cargarlo el resto e la vida. Los gritos que se merecía ahora me ponen el agua que tomo podria a mierda. Mierda, lo maté... Como mi palabra, se pudre él en la parte de atrás de carro vuelto mierda... Mierda, y ahora la poesía?...

domingo, 19 de mayo de 2013

La megapared.


Lo que pasa es que no estás.

Tu forja fue la casa grande para mis metales,
una casa de pisar duro, de encarar los huecos del alma y de la escalera.

Tu mano fue piedra angular,
fortín de las risas que terminaban en poema,
tú venciste en las guerras que hoy minan la parte blanda de mis ojos.

Tú que tenías una llave nublada para la alquimia y me la guardaste en el bolsillo,
 haciendo que el hermético oficio me diera la pista para dibujarme en los espejos.
Ahora sé que hay que apretar duro los abdominales y las sienes,
para que el agua no empañe los anteojos ni los vidrios del batiscafo.
Ahora hablo del oficio y del misterio como uno.

Eres un camino angosto, muy delgado para mis pies sin límites.
Te nombro, la que siempre supo contra cual pared destrozaría mi triciclo.
Agradezco las señales de alarma, pero nunca tuve callos suficientes en los huesos,
es hora de enmudecer y vendarse las muñecas,
 tarde como siempre
...“Meu tempo é quando”

jueves, 28 de marzo de 2013

Breve estudio sobre la sombra y el cuerpo #1

A mitad de la noche,
eco de una garganta que ahoga un grito roto,
las paredes de la casa se derrumban a sombras.

El suelo se queda sin altura.
Martillos y claroscuros abren zanjas muertas
en la pintura
(y más adentro
quién sabe)

No cabe más sentimiento que uno ajeno,
y latigazos con furia
contra el rostro encalado de la pared.

Hay una palabra para esto...
No, falso.
Hay una reminiscencia de esto.
(Tal vez la mismísima incertidumbre
de no saber donde se enciende la luz de la alcoba)