Hay que medir el aire que desprende los ladrillos del suelo,
y el profundo suspiro del obrero
que ve su casa erguida cubriendo su espalda.
Mesurar el aire que libera la fanfarrea,
y las volteretas de brisa que despeinan al otoño.
Sentarse en una silla e inhalar el vértigo cuando se desplome.
Ensanchar el pecho profundo
para labrar la tierra que nos dio el esfuerzo.
Contener la honda exhalación
cuando suceda el mar
(y ella esté ahí para ser parte de todo)
Las casas, los árboles, las playas
el mañana, el café y la poesía...
amar es cuestión de pulmones.