Empatucado de verde el corazón, no sé a qué
tarde llegaré como un camino, con la espalda quebrada por el polvo que se
desentiende por el viento. A un pueblo de costa, cercano al mar y a su profunda
lejanía, llegaré con pies cambiantes y vertiginosos; la arena acogerá mi
palabra y la guardará en su seno, lamiéndola ola a ola para eternizar un nombre
en la línea genial donde no alcanzan los ojos que miran hacia abajo. Seré punto
al fin, un detalle que hacía falta, una delgada idea que está entre todas las
cosas revueltas de los átomos y sus constelaciones. Una fibra con el hueso
desnudo, que nombrará la tarde y la noche, y las palabras que faltan por decir.
Esta cuestión de andar: un ladrido que pasa una página, un retorcijón de tripas
que anuncia diarrea.
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