Aquí les dejo el Poema I de Elena y los Elementos (1951), del poeta venezolano Juan Sánchez Peláez. Está grabado con la voz de Prudencio Domínguez.
Sólo al fondo del furor. A Ella, que burla mi carne, que
….desvela mi hueso, que solloza en mi sombra.
A Ella, mi fuerza y mi forma, ante el paisaje.
Tú que no me conoces, apórtame el olvido.
Tú que resistes,
resplandor de un grito, piernas en éxtasis, yo te destruyo,
….sangre amiga, enemiga mía, cruel lascivia.
Nuestras voces de bestias infieles trepando en una
habitación suntuosa sin puertas ni llaves.
Cuando me desgarra un soplo náutico de abejas, yo pierdo
tus óleos, tus imanes, una calesa de esteras en el vergel.
Mi Primera comunión es el hambre, las batallas.
¿Rueda mi frente en un aro,
….saltan mis ojos sobre la nieve pacífica?
¿Florecen campanas melodiosas en un abismo de miedo?
Después, sin designio, el rocío extiende por el mundo su
gran nostalgia de húmedos halcones.
Juan Sánchez Peláez
Mi Techo en París
martes, 22 de marzo de 2016
jueves, 14 de mayo de 2015
Bitácora Urbana de los Hombres-mosca
Temístocles
Pacheco y la ciudad
tenían
eso en común, ambos habían despertado una mañana
convertidos
en otra cosa, en otra cosa invertebrada.
Las
Kuitas del Hombre-mosca
Eduardo
Liendo
Es
Caracas, 6 pm:
Hay
una larga espina en todas las miradas
Hora
Pico
La
gran ciudad es una ópera descosida
La
Gran Ciudad
Leonardo
Padrón
Yo
sentía las trabas y los herrojos de una vida impedida.
El
fantasma de una mujer, imagen de la amargura,
me
seguía con sus pasos infalibles de sonámbula
La
Ciudad
José
Antonio Ramos Sucre.
1. Etimología de la muska
Toda ciudad, por
inmensa e imposible, o por minúscula y deshabitada que sea, alberga a algunos
especímenes (ni tan especiales ni tan corrientes), denominados por quién sabe qué niño de pre kínder, ebrio, lunático o escritor, como
hombres-moscas. Dicen, los pocos que saben de su existencia, que habitan la
belleza y la peste, lo sublime y la mierda, sin distinción alguna.
Según el venezolano
Eduardo Liendo, uno de los más importantes recopiladores de las peculiaridades
de dicha estirpe, son estos hombres-mosca los grandes testigos de la
experiencia humana. En ¨Las Kuitas del
Hombre-mosca¨ (Liendo, 2005) , obra fundamental de
la hombremoscografía, se relata la
historia de Temístocles Pacheco, un ejemplar de esta especie que habitó (o
habita, quién sabe) las calles de una Karacas con K de ciudad sórdida, donde
más vale estar mosca siempre y tomarse con poesía los días y las noches. Nos
muestra Liendo en su recopilación moscosa,
una verdad que en este trabajo se intentará secundar y ampliar (no porque sea
La Verdad, sino porque su formulación ayuda a explicar hechos y obras que muy
pocos estudiosos han sabido asir con buen tino): Todo poeta es un hombre-mosca,
y como tal, habita las ciudades como testigo y gran preservador de la hazaña
humana, del día a día de esa gran peripecia que es estar en el mundo sin casi
ninguna certeza de nada. Puede también que ese carácter de testigo le lleve a
habitar, no solo la ciudad como temática y problemática, sino también todos los
rincones de la idea humana y de su existencia.
Para iniciar nuestro
análisis, hay que rescatar de la recopilación de Liendo, algunas
características del hombre-mosca común, que están presentes en todas las clases
de esta especie. En primer lugar, nos dice el autor, que estos individuos
tienen sus raíces en la estirpe de los errabundos, haciéndolos aptos para
resistir todas las calamidades. La curiosidad errante de los poetas, que abraza
desde lo mínimo hasta lo máximo, los hace perseguir cualquier cosa que llame su
atención. Así como las moscas habitan todos los rincones, los poetas usan el
ojo cercenado que intenta ver más allá, para poder nombrar lo que con las
convenciones no se puede.
Poseen además ¨el más refinado de los gustos¨ que
admite aquí la asquerosidad como un modo “extraño” de refinamiento. Su
naturaleza híbrida los ¨hará degustar
como nadie de platos exquisitos, exclusivos y exóticos; pero la mierda no les
será ajena¨ (Liendo, 2005). La sensibilidad poética comprende que tanto el
residuo como el melocotón, tienen una carga expresiva única, explotable.
Además, las convenciones estéticas, lo saben los poetas y las moscas, son
necias y arbitrarias, y tienen como único objetivo el poner barreras donde hay
un desierto sin límites llamado expresión. No solo pudiésemos referirnos a la
expresión, sino también a las temáticas y problemáticas que desarrolla la
poesía. Hay un mundo debajo del mundo, un centavo perdido en las rendijas del
sofá, algo inútil a los ojos de lo convencional que merece ser nombrado y
“vuelto a la vida”. El óxido del mundo, la pobre pestaña perdida, el perro cojo
y ciego que vigila la noche; todos son objetivos de la poderosa vista moscosa, que pretende darle un lugar a
lo no grandioso en el universo de lo sensible.
Tal vez la analogía que
se plantea en este trabajo es fácil de ver con poemas referidos a la ciudad,
como en los que se basará nuestro análisis posterior. Pero entonces ¿por qué
generalizar a todos los poetas? ¿No está Borges hablando de la circularidad del
río del tiempo? ¿No están también, de un joven Neruda, 20 poemas de amor y una canción desesperada? Si todos los poetas
son hombres-mosca ¿qué hay de los poetas que deciden deshacerse del mundo, para
habitar las profundidades de lo inmaterial, más que las calles, las oficinas y
lo urbano? Creo que la respuesta está en la misma característica que menciona
Liendo sobre la curiosidad de los mosca-sapiens. Esa curiosidad que no solo los
empuja hacia las grietas de la ciudad, sino también a las que deja la
existencia humana.
Los hombres-mosca no rehúyen
de las grandes dudas universales pues, como hemos afirmado antes, pueden
habitar tanto lo sublime como lo mugroso, tanto la duda y el vértigo, como la
certeza que tenga forma de ladrillo o de estornudo. Y sí, las moscas saben que
un estornudo es una certeza irrefutable, un vendaval que arranca las máscaras.
Las clases de hombres-mosca que buscamos comparar aquí, no se diferencian por
las temáticas que trabajan. Más bien es por la sensibilidad con la que
atraviesan ya sea la ciudad, como será el caso de nuestro análisis, o bien el
amor, la soledad, la inhumanidad, el cuerpo, el tiempo, etc. Sobre cualquier
estrella o alpargata se puede posar una mosca.
Se diferencian nuestros
hombres mosca por la manera como exponen sus emociones y reacciones ante su
entorno. Escogí los poemas que se contrastarán más adelante, pues considero que
en ellos se puede apreciar de forma más nítida aquello que se pretende con este
trabajo, pero bien pudiéramos tomar, por ejemplo, la reacción de un Borges ante
el río del tiempo en su “Arte Poética” (Borges, 1974) , en contraste con la
propuesta de Huidobro de construir un “poco
de infinito para el hombre”, en su “Contacto externo”. Se intenta en este
ensayo descifrar cuál piel tiene cada poeta, en este caso ante la ciudad, pero
pudo haber sido ante cualquier otra problemática.
2.
Clasificación de la muska
No
existe un solo tipo de hombre-mosca y la poesía pone en escena diferentes tipos
de moscosidad. A continuación,
analizaremos tres “subespecies”, distinguidas por la manera como su
sensibilidad moscosa se expone a la
intemperie de lo urbano, de lo cotidiano (y si nos extendemos, de lo real). Hablaremos entonces de una mosca desnuda, una mosca
vagabunda y una mosca obrera.
2.l Muska
Enkueris o Mosca Desnuda
Esta
categoría engloba a aquellos especímenes que sobrevuelan las calles con sus
acrobacias imposibles de metáforas y símiles, impregnándose del ruido y el
vapor agrio que emana la vida urbana, dejándose invadir por la peste y el
perfume. En estos casos se podría decir que es muy difícil saber dónde está el
límite entre la mosca y la ciudad. Un individuo que propongo como ejemplo de
esta subespecie se puede encontrar en el yo poético del poema Walking Arround,
del chileno Pablo Neruda (Neruda, 2010) .
Caminan, rondan, merodean las esquinas y
avenidas de las ciudades, mezclándose con el vaho de las avenidas indetenibles
y desentendidas. En Walking Around, escrito en 1933 y publicado en el poemario Residencia en la tierra de 1935, el
yo poético al que me refiero nos
da un buen testimonio de la existencia de esta clase de hombres-mosca. Son
estos, seres extremadamente porosos, cuya sutil sensibilidad se plasma en los
poemas de manera muy explícita, mediante la puesta en el papel de anhelos,
inconformidades, odios, repugnancias, hastíos, sueños... Las emociones que
despiertan en ellos las grietas de la ciudad, son referidas en sus obras de
forma evidente.
Están
“desnudos” porque no parece haber algo que los cubra de la intemperie de lo
real: todo los invade, provocando en ellos una digestión del afuera que salta
al papel como un estornudo sensible.
En Walking
Around, el yo poético describe el contexto urbano a través de un hastío que
podríamos calificar de existencial. Un hastío que entra por la nariz, por la
piel, por los pies y hasta por las uñas. Un hastío que luego deviene en unas deliciosas ganas de jugar con todo
aquello que impone el gris y la norma en ese ambiente hostigador. Hay un
repudio del estado
vegetal que establece la rutina, una sensación de asco ante la obligación de
recorrer ese entorno semejante a un duodeno gigante. La mosca-sapiens de este
poema, vuela a través de la trampa urbana con ganas de dejar de ser sapiens, y
volverse meramente mosca.
“Sucede que me canso de mis pies y mis uñas,
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre”
En ese hastío, sus sentidos
moscoso perciben las gotas de llanto sucio de las camisas, casi como si
fuesen propias esas lágrimas marrones y negras. La ciudad está dentro de la
piel del hombre-mosca. El olor de las peluquerías enciende un grito dentro del
estómago.
“Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío”
El yo poético que camina
con calma las calles de grieta, anda emocionalmente a piel desnuda, en
carne viva. Por eso incendia el lunes, la rutina, el hacer por hacer. A través
de una descripción surrealista de la ciudad, se hace referencia a un reflejo del caminar interior y sensible del yo. Una
digestión (o indigestión) muy profunda y desesperada del afuera, que germina
esas enormes ganas de salir volando.
Anatómicamente, podemos afirmar que esta subespecie ha
desarrollado de una manera un tanto más aguda que el resto, los sentidos del
gusto y del olfato. Estos sentidos implican una ingestión de lo que nos es
externo, y para estos individuos invadidos por el afuera, se vuelve fundamental
para realizar su “digestión sensible”. En las obras teñidas con este tipo de
sensibilidad moscosa, se puede
evidenciar la presencia del grito, de lo visceral, de lo que viene del fondo de
los huesos.
2.2
Muska Errabundis o Mosca Clochard
También
están los hombres-mosca vestidos de clochard: aquellos que permanecen sentados
encima de los faroles de la calle, o con aire distraído en algún banco de la
ciudad. Su contacto con la urbe es más, por decirlo de algún modo, de la piel
para afuera. Sus ojos moscosos escrutan cada rincón de la ciudad y de sus
habitantes, mas su sensibilidad solo es empleada para describir el entorno y no
para describir lo que sucede dentro de su pecho hombre-moscoso. Un buen ejemplo de la existencia de esta clase de
individuos es el poema del escritor argentino Oliverio Girondo, Calle de las Sierpes, escrito en 1923 y recogido en el libro Calcomanías de 1925. Estos ejemplares, recorren las calles,
paladeándolas con sus enormes ojos moscosos,
pero sin dejar que la ciudad los invada del todo. Emocionalmente, quedan fuera
de su propia descripción poética.
En la Calle de
las Sierpes, un hombre-mosca camina
vestido de clochard, con algún harapo que lo protege del mercurio externo,
permitiéndole describir el afuera, sin arriesgar el estómago, como la
subespecie que describimos antes. Esta mosca vagabunda observa a todos los
protagonistas del desentendimiento urbano, que se mueven con cierta altanería entre
anuncios y cafés. En el poema, no solo se
destaca el sinsentido desproporcionado de las publicidades y las altisonancias
de los parroquianos en los bares, también hay una búsqueda desesperada por algo
de belleza, algo de juventud, algo de mujer.
“Una corriente de brazos y de espaldas
nos encauza
y nos hace desembocar
bajo los abanicos,
las pipas,
los anteojos enormes
colgados en medio de la calle;
únicos testimonios de una raza
desaparecida de gigantes.”
nos encauza
y nos hace desembocar
bajo los abanicos,
las pipas,
los anteojos enormes
colgados en medio de la calle;
únicos testimonios de una raza
desaparecida de gigantes.”
De:
Calle de las Sierpes
Por eso el ojo del yo moscoso, cuenta con exactitud,
en la última estrofa, la cantidad de hombres, soldados y curas que recorren la
ciudad, buscando entre ellos a la única mujer: esa que surge como una especie
de alivio después del afanado escrutinio aritmético de la ciudad y sus
“deshabitantes”. La vista, híper-desarrollada
en esta subespecie más que cualquier otro sentido, le permite al yo poético
hurgar en el símbolo cuantitativo de la intemperie urbana, y encontrar un poco
de belleza lejana.
“Cada doscientos cuarenta y siete hombres,
trescientos doce curas
y doscientos noventa y tres soldados,
pasa una mujer.
A medida que nos aproximamos
las piedras se van dando mejor.”
trescientos doce curas
y doscientos noventa y tres soldados,
pasa una mujer.
A medida que nos aproximamos
las piedras se van dando mejor.”
De:
Calle de las Sierpes
Este individuo, no tan permeable como el
mosaca-sapiens de Neruda, recorre la ciudad sin incendiarse por dentro. Con una
descripción menos emocional hacia su entorno, logra reconocer algo de belleza
en aquel río que pretende abrazarlo. No hay, en el poema de Girondo, una
referencia explícita que nos refleje las emociones y sensaciones del yo
poético, como sí ocurre en el poema de Neruda.
De estos análisis es que podemos imaginarnos al yo que
nos habla en el poema de Girondo, sentado en un banco de la calle observando y buscando algo que rompa con
la pompa y con el tedio de esa corriente
de brazos y espaldas (y ese algo, pudiéramos afirmar que es una mujer). En
cambio, el yo que nos habla en el poema de
Neruda, pudiéramos imaginarlo sintiendo y deseando huir gritando de ese contexto deforme que lo invade y le inunda todos
los sentidos. Si se quiere, en el primer caso, se llega a una especie de
sosiego cuando se encuentra el grano de belleza (la mujer) entre aquel costal
de lentejas repetidas (los hombres necios, los curas, los soldados). En el
segundo caso, solo hay un leve deseo, como suerte de retribución hilarante (“dar muerte a una monja con un golpe de oreja”)
contra el mar de lágrimas sucias que navega el yo poético.
El poeta, cuya sensibilidad pudiera asemejarse a la de
una mosca, por esa capacidad de percibir intensamente el entorno que lo rodea,
sin prejuicios y sin clasificaciones necias, puede, tanto describir sus
emociones y su reacción ante la ciudad que atrofia la sensibilidad y la vida,
como referirse a la misma experiencia obviando el sentir del yo y haciendo
referencias al espacio urbano y a sus dinámicas frenéticas, cuantitativas y
entrópicas.
El personaje del hombre-mosca desarrollado por Liendo
en su obra, engloba muy bien ese concepto moscoso del poeta (incluso, si nos
extendemos, del artista en general). Quitando la característica de ser
excepcional, casi rozando con un ¨superheroe kafkiano, no tan depresivo¨
(aunque superhéroe kafkiano sea un oxímoron), la definición de hombre-mosca que
aquí empleamos prefiere resaltar la característica contemplativa del insecto.
Una mosca que no tiene grandes dientes para moldear los huesos de la historia,
pero si unos enormes ojos, un baboso y largo probóscide e infinidad de
vellosidades sensibles a cualquier cambio del viento, que la hacen un testigo
perfecto de todo cuanto sucede, tanto fuera como dentro de sí.
También, el personaje de Liendo, hace una jocosa y muy
acertada observación (en mi opinión personal) de los riesgos que involucra la
contemplación moscosa. El quedar atrapado dentro de una aspiradora, como en uno
de los pasajes de la novela, es uno de los mayores riesgos de la contemplación
absoluta. Esa aspiradora que puede ser símbolo de la locura y de los sótanos de
la psique humana, donde no hay nada más que polvo y vacío. Ahí no hay creación.
2.3
Muska Laboreatis o Mosca Obrera
Queda sin embargo un vacío (juzgue el lector si más de
un vacío) en este análisis: ¿No existen también ciertos especímenes que
atraviesan la barrera de la contemplación y toman aquello que pertenece a la
ciudad detrás de la ciudad, para engranarlo en un nuevo sistema utilitario? ¿No
están aquellos que construyen en la poesía un universo para aquello que la
convención define como inútil? Ese trabajo trasciende el oficio de testigo, y
debe ser complementado con una voluntad de obrero. A esos especímenes los
definimos como hombres-mosca obreros.
De estos raros
individuos, podemos tomar como ejemplo el yo poético que nos habla del mundo
debajo del mundo en el poemario “Cuartos de Alquiler” del venezolano Luis
Enrique Belmonte (Belmonte, 2009) . En los poemas de
dicho libro, se abre un universo para que los rincones más olvidados y los
objetos que el ojo sano pasa por
alto, vuelvan a la vida y cobren un nuevo valor y dimensión.
“Si a usted no le gusta
cómo lo mira el pescado
en la vitrina,
hable con el carnicero.
…
Si los antiácidos, los
somníferos,
el cesto lleno de
billetes de lotería,
hable, hable con el
carnicero”
De Si
no le gusta, hable con el carnicero.
Si
bien es cierto que esta subespecie posee características de las otras
subdivisiones que describimos antes, se diferencian de aquellas por su esfuerzo
por poner en primer plano todo aquello que se haya fuera del gran discurso.
Así, un billete de lotería, sin premio, multiplicado en un cesto, como hojas
muertas que no irán a ningún lado, en el poema que mostramos antes adquiere una
carga expresiva tan amplia, que pareciese que el mismo billete hubiera salido premiado
en el sorteo de las ocho del domingo. Bajo la mirada moscosa, y con el oficio
de estos especímenes, lo inútil cobra una nueva utilidad, como engranaje de una
maquinaria expresiva nueva y singular.
Como
los hombres-mosca desnudos tienen el olfato y el gusto híperdesarrollados, y
los Muska-Errabundis adquirieron con
la evolución una visión certera y aguda, los hombres-mosca obreros poseen un
singular sentido del tacto para la búsqueda casi subterránea de objetos
convencionalmente sin sentido.
“Pero aquella mañana
había que arrastrarse de alegría
sobre el suelo tibio, y
pasearse muy orondo
con un canario tieso en
el bolsillo,
y sacar a la calle los
trozos de mantequilla congelada”
De:
El fin de los malos días
Como verdaderos alquimistas, saben que arriba es igual
que abajo, y que lo mínimo y lo máximo son semejantes. Por ello, subrayan el
poder del desecho, de lo ínfimo, abriendo dimensiones nuevas para la expresión.
3. Aleteo Final
La película Safety
Last! de 1923 y protagonizada por Harold Lloyd, llegó al público
hispanohablante con el nombre de El
hombre mosca. En ella, el protagonista es obligado a realizar infinidad de
maromas, tanto corporales como mentales, para poder sobrevivir a la gran ciudad
donde pretende encontrar una vida próspera para compartirla con su prometida.
La ciudad, no como aglomerado arquitectónico, sino como temática y como trama
de nuestra obra teatral, pone a prueba la capacidad sensible de los que
habitamos sus rendijas. Los hombres mosca que en este trabajo se intentan
analizar, son ejemplos de cómo la ciudad, habitada con la sensibilidad
adecuada, es un signo fecundo para la creación estética.
La poesía, como escenario, nos presenta las infinitas
posibilidades de la expresión. La sensibilidad humana, que rescata del erial
una aguja dorada, puede desmontar tanto la ciudad, como cualquier otra
temática, y narrar la experiencia humana desde incontables puntos de vista. La
gran metáfora que plantea este trabajo, quiere por encima de cualquier otra
cosa, celebrar la sensibilidad humana, y las muy diversas maneras con las que
se expresa.
Puede entonces que los poetas sean hombres-mosca,
testigos del devenir humano y de sus problemas más banales o más profundos.
Puede que hayan varios tipos de hombres mosca, unos más desnudos que otros.
Todos, con la misma capacidad de sentir como ninguna otra especie, y escribir en
el más humano de los registros sobre esa necesidad de los hombres de tocar con
las palabras las entrañas de las cosas y de la experiencia.
Si alguna vez, usted lector, se ha cansado de defender la sopa de su almuerzo
de una infatigable mosca, comprenderá lo perseverante de esta especie. Así como
los poetas se saben en una batalla perdida contra la realidad y son conscientes
de los límites de la expresión para aprehender lo expresado, también las moscas
saben que no se podrán comer todo el plato de sopa que usted defiende con tanto
empeño. Pero, lo saben las moscas y los
poetas, bien vale el riesgo y el esfuerzo, por una probadita.
Referencias
Belmonte, L. E. (2009). Pasadizo, Poesía reunida
1994-2006 (1era Edición ed.). Caracas: Monte Ávila Editores
Latinoamericana.
Borges, J. L. (1974). Jorge Luis Borges, Obras Completas
1923-1972. Buenos Aires: Emecé Editores.
Brodsky,
Joseph (2006). Menos que uno. Ensayos escogidos. Madrid:
Siruela
Genovese,
Alicia (2011). Leer poesía. Buenso Aires: F.C.E
Levertov,
Denise (1979). El poeta y el mundo. Caracas: Monte Avila
Editores
Liendo, E. (2005). Las kuitas del hombre mosca.
Caracas: Otero Ediciones.
Neruda, P. (2010). Pablo Neruda, Antología General
(Edición única ed.). Lima: Alfaguara y la Asociación de Academias de la
Lengua Española.
Sucre,
Guillermo (1975). La máscara y la transparencia. México: F.C.E.
Yurkievich,
Saúl (1971). Fundadores de la nueva poesía latinoamericana. Barcelona:
Barral
martes, 5 de mayo de 2015
Lagrimón crónico # 98
te amo y te necesito
te amo y te necesito
te amo y te necesito
e amo y te necesit
amo y te necesi
mo y te neces
o y te nece
y te nec
te ne
e n
y así, con un giro de mi lápiz
incendié con olvido
los muros del olimpo.
Recuerde lector:
El olvido es una bomba molotov.
te amo y te necesito
te amo y te necesito
e amo y te necesit
amo y te necesi
mo y te neces
o y te nece
y te nec
te ne
e n
y así, con un giro de mi lápiz
incendié con olvido
los muros del olimpo.
Recuerde lector:
El olvido es una bomba molotov.
sábado, 25 de abril de 2015
XIV
me queda una ración de hambre.
solo tengo lluvia y monte inextricable.
vengo peleando desde el sur,
con ampollas de cien kilómetros
y siete litros de pus y gasolina.
soy un número amputado por una coma decimal,
una fracción de piel,
de saliva,
de uña, de
fango y de grasa.
me podría llamar miedo,
pero el capitán escupiría mi cara,
o quizás un vietcong
me taladraría la luz con una bala
lengua
de plomo.
mi nombre es guerra
y soy una sola.
nunca
he entrado en la sala de los espejos
ni he
firmado papeles que digan la verdad.
nunca he sido de nadie
porque los amo a todos,
y
todos me desean
callados
y calientes en sus sótanos.
mi nombre es guerra
y
nunca he cesado.
vengo del hombre y de la bestia,
soy una sola,
y me iré con el mundo.
XIII
todos los ríos del mundo mueren en caracas.
basta una sola muerte
fétida y marrón,
para que la palabra río no exista.
¿quién fermentó
el hondo surco
(la
vena vital de nuestra arcilla)?
XII
todos apestamos a espanto cuando llega la orden.
desbordar la tierra como una plaga de hambre.
la artillería,
los tenores de la muerte,
nuestro preludio.
saltar la trinchera.
el futuro es un alambre de púas,
serpientes adornadas con jirones de piel.
el futuro es una masa de nombres mudos
que se estrellan contra el olvido,
contra un diccionario que no los comprende.
venimos de la tierra, vamos al fango.
venimos de londres, peleamos en Somme.
venimos de un intestino caliente,
somos la guerra.
XI
hoy seré un hombre cloaca.
un paso fangoso,
una profunda y gaseosa digestión.
llevo un siglo de agua en los zapatos:
soy
un ruin anfibio
un
hombre topo de estiércol
un
ínfimo coloide de muerte
en
este río que tarda.
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