jueves, 27 de marzo de 2014

"No contaban con mi astucia"

Una vez más, el chapulín colorado entra en la escena.
Armado con el valeroso miedo de la lechuga, destroza la habitación y los proverbios altisonantes con los que se decoran los señores de bigote.
Saca de la lavadora el calzoncillo roto de Superman y las medias del barbudo Thor. Sin cortapisa, o con muchos, cuelga en las narices enemigas el trapito de la astucia y del valor fantástico de los hombres que temen.
Empuñando su chipote chillón contra la injusticia, siempre dispuesto a acudir, cuando Florinda Mesa está en peligro…


"¡Yo! ¡El Chapulín Colorado! "

Ripio a dos aguas

Sólo quería ensuciar esta penumbra
(este exceso de blanco en la palabra)

Sólo quería escribir:
“Este verso es un pisotón en el meñique” y nada más…

O quizás no sé,
me urgía,

pronunciar con libertad la palabra duda.

Verbo con martillo.

La cuestión, tal vez, sea darle vida a la palabra.

Morir, debe ser un sustantivo
(como pijama)

Si se viste todo de palabras,
y todo está cumplido con el acento,
ya uno se murió.

Debe haber un silencio de camiones,
de obreros del papel,
de jocundos elefantes,
de caramelos de cianuro.

Pronunciar con fuerza
las erres y las pes
de Pisotón y Rock and Roll.

Uno se muere si tapiza las nubes de adjetivos,
arrojados cual pesados sacos de lentejas
desde una ventana a la espera.

Tal vez hay que lanzarse con todo y silla desde el piso siete…

Para andar hay que decir Amen, en vez de Amén;
salir corriendo, si un poema no sabe usar el martillo.

Tal vez hay que morder todas las bocas que nos apuntan,
que cada palabra duela y arda como una cúspide…
que el dolor sea la más vívida reminiscencia,
que verbo sin pulmón

es mierda.

¿ Cómo se lavan las sábanas de los hospitales?

Estaremos callados
encima de una sábana blanca,  muchas veces lavada.

Algo más que frío se ha enjuagado en esta ausencia inmaculada,
blancura de tela.

Algo ajeno a los viernes,
algo que tiene que ver con una grieta de piel y de tiempo
(el polvo de vidrio que marca la boca)

La lavadora de un hospital entiende
cuánto pesa la lágrima más sincera.
Esa que gotea de los ojos de los huesos,
rodando encalambrada

sobre las micas de los relojes.