Estaremos
callados
encima de
una sábana blanca, muchas veces lavada.
Algo más
que frío se ha enjuagado en esta ausencia inmaculada,
blancura de
tela.
Algo ajeno
a los viernes,
algo que tiene
que ver con una grieta de piel y de tiempo
(el polvo
de vidrio que marca la boca)
La lavadora
de un hospital entiende
cuánto pesa
la lágrima más sincera.
Esa que
gotea de los ojos de los huesos,
rodando
encalambrada
sobre las
micas de los relojes.
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