martes, 8 de octubre de 2013

Oficio Viento

Vine de lejos, en un viaje que dura todavía.
                Tuve todos los miedos y todos los martirios que pueden, antes de partir, desmoronar el temple. Pero, casi como una rebelión de cardenales en el pulmón de la niebla, ocurrió mi torrente. Desbordé por la costa y dejé que los caminos se vislumbraran solos. Yo mismo fui camino. Yo supe cómo llegar a una costa donde no se llega nunca, pero se añora su idea. Yo supe cómo…
                Entendí los antiguos escritos del crepúsculo en la espuma. Entendí lo de arriba y lo de abajo como unidad. Por eso navegué y navego, con un norte que no cabe en las brújulas. Por eso los templos y los laboratorios guardan uno que otro papel, una que otra piedra mía. Por eso navegué y navego tan profundo entre los dos labios azules que guardan el horizonte.

                Sé de un faro que me aguarda, que no veré nunca. Es la costa blanca y su faro alto, pendiendo de un antiguo risco que guarda la tierra de las olas corsarias del tiempo. Ahí me espera el latido de un pueblo sentado. Cien ventanas observando los barcos y el sudor a lo lejos. Cien ventanas conmovidas por la incesante huida de los azules y los naranjas, y de todos los cirros y nimbus que le dan con sus matices color al tiempo. Cien ventanas ajenas y tan invadidas; llenas de todo lo que observan… Tan ajenas.

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