Cada
tarde, antes de partir, miraba por la ventana. Nunca supe exactamente qué veía.
Quizá echaba un ojo al tiempo, para
prever un paraguas o una hoja de periódico en su defecto. Me parecía absurdo,
pues la casa era lo suficientemente abierta como para presentir, sin mucho
esfuerzo, si era un día gris. Igual, siempre miraba por la ventana antes de
irse, quién sabe por qué.
No
puedo decir que lo convirtió en una rutina, pero sinceramente algo de obsesivo había
en esa mirada tan extranjera… tan, me voy
de aquí sin irme de allá o viceversa. Lo cierto, y sin más, es que cada
tarde, antes de partir miraba por la ventana.
Luego
se despetrificaba, y lo sentía como se iba, con sus pasos largos y asimétricos,
enfilándose hacia la parada del autobús. Ahí,
asaltaba con su huida la unidad número 313, que terminaba su reptante
recorrido en el Aeropuerto.
Ahí se fugaba.
Ahí, desmenuzaba libros durante
varias noches a la semana (no todas), con la breve excusa de un ficticio
trabajo de guardia nocturno. Digo ficticio, por el sueldo; además por una
cuestión de actitud: No era el tipo de gente que sería capaz de abofetear a un
contrabandista, aunque sí alguna vez le partió la nariz a un imbécil que no sabía
decir bien su nombre en la salida de un cine. Era, disculpe usted lo brusco de
mi aseveración, uno de esos tipos que sabía a la perfección como ‘ficcionar’ su
vida. Cabe decir, que sólo emito este juicio tan severo pues, créame, conozco
al tipo, y sé que de guardia nocturno sólo tiene las medias y los interiores
(que son de gran relevancia, sabrá Ud.)
Pero, después de un tiempo, aprendí
a entender de qué iba esta cuestión. Pude entender que había un hilo conductor
que unía todos estos detalles que le menciono.
Era la ventana, los pasos, el
autobús, el largo viaje, las horas interminables de frío y escondite entre la
aduana y el café vacío a las tres de la mañana. Las maletas que sienten nauseas
de tanto dar vueltas por las cintas, huérfanas de rescate, carrito de metal,
hotel, destino. Un sitio, No, tal vez una emoción, que sólo escucha “De dónde
eres?” seguido de un profundo “De aquí tampoco…”
Era distancia.
Esa manera con la que se disponía a
leer sus libros tan complicados antes de hacer cada ronda. Ese esperar que
salga la niña de los ojos marrones de la puerta de llegada internacional, que
ya ni sabe cuánto tiempo tiene detrás de ella. Ese autobús a las 7 pm, que
llega a un sitio donde llegar y partir son el mismo verbo. Luego el mismo
autobús de regreso a las 7 am, cuando todo ‘descomienza’ en el mismo lugar.
Eso era lo que veía por la ventana. Él, haciéndose distancia. Una manera de fingir cuando la respiración se mide en
kilómetros.
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