Vine de lejos, en un viaje que dura todavía.
Tuve todos los miedos y todos
los martirios que pueden, antes de partir, desmoronar el temple. Pero, casi
como una rebelión de cardenales en el pulmón de la niebla, ocurrió mi torrente.
Desbordé por la costa y dejé que los caminos se vislumbraran solos. Yo mismo
fui camino. Yo supe cómo llegar a una costa donde no se llega nunca, pero se
añora su idea. Yo supe cómo…
Entendí los antiguos escritos
del crepúsculo en la espuma. Entendí lo de arriba y lo de abajo como unidad.
Por eso navegué y navego, con un norte que no cabe en las brújulas. Por eso los
templos y los laboratorios guardan uno que otro papel, una que otra piedra mía.
Por eso navegué y navego tan profundo entre los dos labios azules que guardan
el horizonte.
Sé de un faro que me aguarda,
que no veré nunca. Es la costa blanca y su faro alto, pendiendo de un antiguo
risco que guarda la tierra de las olas corsarias del tiempo. Ahí me espera el
latido de un pueblo sentado. Cien ventanas observando los barcos y el sudor a
lo lejos. Cien ventanas conmovidas por la incesante huida de los azules y los
naranjas, y de todos los cirros y nimbus que le dan con sus matices color al
tiempo. Cien ventanas ajenas y tan invadidas; llenas de todo lo que observan…
Tan ajenas.