jueves, 23 de septiembre de 2010

Media historia de terror.

Como de costumbre, busqué las palabras correctas y respondí:

- Hilarante y absurdo como siempre. ¿Por qué no abandonas ya esas historias colegiales? Mírate, tan calvo y con la imaginación de un atorrante adolescente.- Un respiro en mi acertada intervención y proseguí.- Si el objeto de la charla era asustarme, te informo que has fallado, mi senil amigo.


- Ese escepticismo de cabra terca que llevas entre las cejas será algún día tu talón de Aquiles…y seniles serán tus medias, viejo meón – Sentenció mi colega, un tanto exasperado para mi gusto.

La rutina era sencilla, mas nunca la juzgué monótona. Al contrario: la comida y la bebida de aquel pequeño pero elegante lugarcillo en la plaza central de la ciudad, nunca defraudaban a mi exigente paladar. Asimismo, aquellas absurdas tertulias con mi colega Jean Manuel Muriat eran, sencillamente, relajantes -siempre me fascinó discutir a cerca de cosas sin importancia en las cuales, obviamente, yo tenía la razón absoluta.

Tal era el caso aquella noche, un tanto oscura y deprimente para mi gusto. Salimos exactamente a las 10:47 PM. de “Le Petit Coin”, dos minutos después de lo habitual. Caminamos dos cuadras hacia el sur, sólo para dar un pequeño rodeo, como de costumbre, para “bajar” la comida (como dicen por ahí). Doblamos dos veces a la derecha, claro, para encaminarnos hacia el edificio donde moraba Jean. De ahí, yo caminaría 3 cuadras al oeste hasta mi morada - “lovely and charming” como dirían mis colegas ingleses. Y ese sería el fin de otra adorable y tranquila jornada en esta adorable y tranquila ciudad.

Mientras girábamos por segunda vez a la derecha, Jean intervino, un poco exasperado para mi gusto:

- Si tanto descartas mi teoría, por qué no vamos ahora y lo comprobamos. Me dirás, como siempre, que estoy muy arrugado para estas tonterías pero, ¿Qué tal si tengo razón?, sería el descubrimiento más excepcional para los dos – noté un cierto brillo de competencia en las pupilas de mi colega.


- Es increíble que lleve 4 años compartiendo mis cenas de lunes y miércoles contigo, Jean Manuel. No entiendo cómo un loado profesor de matemáticas avanzadas de la universidad más prestigiosa de este país, pueda creer en semejantes niñerías.- Respondí cortante, ante aquella tentativa de romper con nuestra perfectamente balanceada rutina.


- Sí, para mí tampoco han sido de fiesta estos 4 años comiendo con un viejo cascarrabias. Creo que en ti, ya las canas mataron el espíritu científico de búsqueda y de la iluminación por medio de la prueba. Que lástima.

En ese instante, se detuvo todo en mi ser. Ese era el pero insulto que se le podía hacer a un congratulado físico como yo. Respiré hondo, busqué las palabras perfectas y respondí:

- ¿Cómo te atreves a poner en entre dicho mi espíritu científico, y además con esa historia tan aberrada que me has contado todos los lunes y miércoles desde hace tres meses? – Inhalé, exhalé - Ese es un insulto que no toleraré, camarada.


- Bueno, vamos. Me tragaré mi toga de profesor, con todo y distinciones, si llegas a tener la razón.


- Yo…- cavilé un instante y me regocijé un instante ante la imagen de Jean Manuel comiéndose su toga y espolvoreando un poco de sal a las manga, así que respondí- Acepto el desafío. Pero debo hacer constar que solo lo hago para reafirmarte mi espíritu de búsqueda; no como tú, por curiosidad infantil.

Esa noche se rompió la rutina.

- De acuerdo, entonces por aquí. – Ordenó mi chiflado colega.

En vez de llegar a la cuarta cuadra donde se ubicaba el edificio de Jean Manuel, continuamos de largo hacia el cementerio de la ciudad, que esa noche lucía un tanto moribundo y grisáceo para mi gusto.

- Entonces, tu ridícula hipótesis es que, si vemos la tumba de la tal Marie Solaire exactamente a las 12 de la medianoche, se ha de cumplir tu ridícula teoría, en la que aparece una tal vampiresa de sólo un colmillo, con la intención de asesinarnos y comernos, ¿es así? – Interrogué con mi perfecta intervención.


- Sí, así es. Exactamente a las doce de la media noche. Bueno señor valentía, le sigo el paso. La tumba de la difunta es la única que yace, bajo el único árbol del cementerio.- ordenó de nuevo mi colega (me empezaba a irritar un poco esa actitud en Jean Manuel).

El tiempo se dilataba y entre los sonidos de la obscuridad y las sombras de pálidos santos, yo solo podía pensar en los valiosos momentos de reposo que estaba desperdiciando, gracias a mi amigo el matemático, al que por fin las integrales le habían estrangulado la razón. Me dio un poco de lástima por mi compañero, en realidad: Jean Manuel estaba solo en la ciudad y de eso hacia más de 10 años. Yo por el contrario era muy feliz, compartiendo mis cenas de lunes y miércoles con mi colega, y visitando los demás días, menos los domingos, a mi psicoanalista Frank, que era inglés, por cierto.

Exactamente a las 11:55 de la noche, llegamos a la tumba de la susodicha, la cual era un poco deprimente para mi gusto, pero poseía un sutil relieve que revelaba el rostro de una mujer, ya un poco desgastado por el tiempo.

- Henos aquí, 11:58  y absolutamente nada a la vista. Me parece que alguien deberá comer su toga mañana a la hora del té.- Afirmé triunfante, imaginándome de nuevo a Jean Manuel masticando su toga y untando algo de mermelada de frambuesa a las mangas.


- Justo a las doce, colega – sentenció Jean, de nuevo algo mandón para mi gusto.

El árbol se estremecía y silbaba con el viento. La luna ya no dibujaba siluetas en el cielo nocturno. El frío se sentía como si emanara de la tierra, como si fuese la respiración de los sepultados. Los sonidos de la noche retumbaban en el silencio inagotable...algo molestos para mi gusto… Y entonces, de repente, todo enmudeció. Observé mi viejo Rolex. 12:02 AM. Sonreí:

- Já, victoria. Te lo advertí Jean Manuel, nada de disparates en…
- Espera, mi reloj marca las doce…

Justo en ese instante, y a mi pesar, una silueta alada se posó estrepitosamente sobre la tumba. Sus imponentes alas (muy imponentes para mi gusto) se desplegaron y una voz gutural de ultratumba retumbó en mis oídos:

- ¡¡¡Ferba-Cunix!!!, sangre para mi sed – gritó la criatura.

Por suerte, pude divisar la boca de la creatura justo a tiempo:

- Já, victoria, tiene 2 colmillos, no uno – logré decir antes de la primera dentellada.


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