una mujer delgada
se enfrenta a una ciudad de plomo.
la rozan saetas de carne y palabras bestiales.
lodo y polvo y aceites y asfixia.
crece una negra soledad
en su nariz y en sus pulmones.
se impregna con el vaho que exhala
la vida huérfana y taquicárdica de la ciudad.
abre el baúl
y extrae la máscara de hierro y odio
(se vuelve el signo de la ciudad entera)
ella es muy delgada para el hambre,
para la noche.
levanta
las manos
como
dolorosas plumas de pavorreal ciego.
pide dinero para marihuana
pide azul para su tez de fango
pide tiempo, en este escondite
que
jugamos en su contra.
Precioso
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