Tenías en tu piel de Nada
el gran símbolo de la noche y el día.
Colgaba de tu cuello el azar
y la fe de los grandes guerreros.
En tu diestra el viento,
en tu ombligo el universo;
tu siniestra no existía.
Reinabas y habitabas
la isla de los soles de los ciegos,
gobernando sueños y musas desnudas.
Pero los días tienen alma de mar,
y empujaron a Ludovico a tu playa...
Cuentan los historiadores y los poetas,
que de ese encuentro solo se escuchó:
-Qué bella tu diadema de plastilina! ... Te ruego
me convides a engañar la primavera.
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